Saturday
August 19, 2017
Thursday, April 13, 2017

Aquella traumática Pascua

Si a esta altura del año pasado se recordaba el centenario del Alzamiento de Pascua en Irlanda, ha llegado el momento de conmemorar el trigésimo aniversario del motín de Semana Santa en la Argentina. Esta comparación no favorece en absoluto la experiencia local. Si bien la rebelión dublinesa debe ser recordada como un avance histórico porque su idealismo llevó al fracaso militar y al nacimiento de la independencia irlandesa, el levantamiento del Ejército Argentino fue sórdidamente negativo para todos los involucrados. “Felices Pascuas, la casa está en orden,” dijo el presidente radical Raúl Alfonsín (UCR) a un país asustado luego de acordar con los amotinados, pero de hecho, acababa de derrochar su capital más preciado al retroceder en los juicios por los crímenes de lesa humanidad. A diferencia de la mayoría de los presidentes argentinos que apostaban a un futuro electoral mediante algún tipo de progreso socioeconómico, el prestigio de Alfonsín era de carácter esencialmente moral por encabezar el regreso democrático en 1983, y por lograr la condena de las Juntas en 1985 por su responsabilidad en el terrorismo de Estado. Si bien suele pensarse que la presidencia de Alfonsín fue destruida por la hiperinflación de 1989, su fracaso ya estaba consolidado con la devastadora derrota en las elecciones legislativas de 1987 pocos meses después del alzamiento, cuando los radicales sólo lograron ganar las provincias de Córdoba y Río Negro (más allá de esta ciudad), inspirando el chiste: “¿Qué significa UCR? Únicamente Córdoba y Río Negro.” La erosión de la credibilidad moral y el liderazgo de Alfonsín bajo la presión del alzamiento no debe subestimarse como el comienzo de su fin.

Si bien el presidente radical terminó perdiendo mucho, el resto tampoco ganó demasiado. El triunfo inmediato correspondió a los oficiales de rango medio que habían irrumpido y se aseguraron la inmunidad legal (que le fue negada a los jerarcas de las juntas hasta los indultos de Carlos Menem en 1990). Esto dislocó hasta tal punto el orden natural de las fuerzas que pronto perdieron toda relevancia quienes habían sido los amos de la Argentina durante varias décadas. La Renovación Peronista (que ganó prestigio democrático por apoyar a Alfonsín durante aquella Pascua tumultuosa) fue la gran ganadora de aquellas elecciones legislativas de 1987, pero perdió las internas presidenciales frente a Carlos Menem sólo un año después. La democracia se encontró con dos períodos de presidencias peronistas (interrumpidas por un intervalo breve entre 1999 y 2001), cuando una obsesión frustrada con el tercer mandato llevó a perder mucho tiempo en los segundos mandatos.

Se puede argumentar que cualquiera que le inflija semejante daño a la democracia debería seguir en prisión tres décadas y como mínimo debería tener prohibido el acceso a un cargo público. Y sin embargo, ¿qué es lo que vemos? El líder del alzamiento, Aldo Rico, fue electo intendente de San Miguel sólo diez años después, mientras que el presidente actual Mauricio Macri decidió hacer de otro oficial carapintada, Juan José Gómez Centurión, su jefe de Aduanas (corazón del poder durante varias etapas de la historia argentina). Es hora de recordar aquella Pascua traumática que vivimos treinta años atrás.

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